Nómada y Virgen
Daniel Alexis Luis López

Lo precoz es una cualidad de lo incompleto, esto es obvio. El asunto es que lo precoz tiene cierto espíritu colectivo, mientras que lo virginal se ciñe a lo personal. El problema llega cuando lo precoz, por contradictorio que parezca, te devuelve a la virginidad.

Veintitantos años y lo único brillante en mi vida es el resplandor de una calvicie precoz (palabra que no deja de perseguirme desde la adolescencia) y el recuerdo del cuerpo desnudo de Luzma (recuerdo que amputaré, algún día, para que un nuevo cementerio se sirva de él). Soy un nómada virgen, valga la redundancia.

La virginidad resucitada es la enfermedad venérea necesaria de los nómadas. Ella resucita, te abraza como un prepucio con fimosis, te custodia como un himen rebelde: es la lepra metagenital. Y yo que pensé que, a mis dieciséis, Sarah, como verdugo angelical, había guillotinado mi virginidad y yo me había enterrado en ella como en un cementerio andante.

A mí, o a nosotros, nos marca el tiempo un horómetro negro y lento, que descorcha nuestro tiempo con sus rizos calcinados. Nada que ver con esos relojes cíclicos, depilados y tersos. Sí, sí, el famoso vello púbico, tormenta azabache de la reclusión en celibato. Vello púbico, arte plástico del tiempo púbico-virginal; que no es bello, porque bello no es ningún vello, bello es lo púbico sin los vellos, eso es lo que dice el público, que a veces no es bello, sobre los vellos. Pero qué va a saber el público, si son tan púbicos y vellos como lo bello de lo púbico. Pero yo nunca le hablado a ningún público, ja, ja, qué va, soy demasiado púbico para eso, pero no un púbico bello, más bien un púbico vello, de esos que no le gustan al público.

 Yo, como portador de la virginidad, del pubis cronométrico, de la lepra metagenital, les aseguro que nadie quiere tenerla cerca (a uno tampoco), ni en su comida, ni en su cara, ni mucho menos en los genitales. Como lógicamente la lógica nos lleva a pensar, este tiempo púbico está lleno de posibilidades venéreas, sí, incluso en la virginidad. Aunque no todos son iguales, conozco de portadores con distintos tiempos venéreos; tiempo sifilítico, pobre, lento y con posibilidades de locura; tiempo herpético, espontáneo y exhibicionista, nada grave, pero morboso; tiempo papilómico, el más difícil y usual, el portador es invisible e inofensivo, imposible de tratar.

Mi tiempo, creía yo, se había hecho demasiado púbico, casi indigente, pero Luz Marina, estudiante de trabajo social, y esto no es una ironía (al menos no mía), llegó como hojilla lasciva.

Conocí a Luzma en la universidad, desvirgadora por antonomasia (pero demasiado obscena para los nómadas vírgenes). Yo solo voy a deambular por los pasillos de las facultades en busca de cualquier cosa, o de nada. Principalmente de las sobras que el comedor nos regala (que es casi nada). Así evito los comedores públicos y a sus habitantes vellos y púbicos.

Mi ocio, muy bien disciplinado por la ansiedad, me suele imaginar caminando a cuatro patas (olvídense de razas exóticas, yo seré el primer perro calvo de la historia) o reptando y chillando en ese árido fangal que son las estaciones de metro; me retorceré junto a mi congénere metálico y por fin podré ser pisoteado sin esperar la menor condescendencia diminutiva. Nada de pobrecito, buen hombre, que si mi difunta promiscuidad pudiera morder, una gangrena de experiencias que… pura paja, no hay nada más domesticado que un nómada.

Sí, se es un nómada y nada más, doméstico y tierno a donde llega, un náufrago de lo convencional dominado por un mar de azares que lo ciñe en sí mismo; lo único que un nómada puede morder son sus recuerdos, los recuerdos se muerden como a un chicle de petróleo y la lengua, como aurúspice ciego, va tratando de zurcir el asfalto de lo profano. Mordida de promiscuidad precoz, de la que somos hijos y ahora huérfanos.

Luz Marina es de pómulos salidos, con cachetes que se van replegando bruscamente hasta hacer una barbilla puntiaguda. Su nariz es larga y filosa, como un machete biselado. Ojos crípticos enterrados en una cara que es asediada por unas ojeras que se confunden con su color de piel, que es algo así como color desierto ―quizás terreno baldío―, y un cabello rizado que le encajona la cara en una burbuja asimétrica.

Huérfanos, sí, porque no es posible ser nómada y virgen sin ser huérfano, huérfanos de una estantigua íntima. De fantasmas que no admiten sinónimos y que quedan enterrados en la distancia, como la colilla de un cigarro, la niñez, el pico de una botella, un diente roto o una bala ensangrentada.

Luz Marina me abordó por primera vez.

Yo era un conocido, y con conocido me refiero a una decoración, un invisible, una estatua sin cara, un perro famélico de esos con los que se inauguran los pueblos del tercer mundo. Comía y me sentaba en el mismo banco a hacer lo que uno hace cuando se habita un tiempo pantanoso: lamentarse, pensar en cementerios y fantasmas, recordar bellos fósiles que en algún momento se llamaron encuentros sexuales, imaginar la muerte de uno, la de los padres, ser virgen y leer (la preocupación por el dinero queda excluida por ejercicio constante). Como buena estatua, presentaba yo una mudez moldeada por manos de otro, miraba con la esclerótica, y ya faltaba poco para que me confundieran con un estudiante de antropología.

Aún no me explicó por qué se me acercó, lo cierto es que no volverá a suceder.

Siete de la tarde, hora en que mis fantasías se quiebran y huyen con los estudiantes. Retreta cronométrica. Hechizo de pobreza. Facsímil de dignidad. Porque digno es cualquier trabajo, no tanto el trabajador (quien puede llegar a ser altamente violento contra la economía). Así es en el bar del Don, se está bajo arresto preventivo con menos del salario mínimo, tenemos que ser precavidos, no vayamos a ser muy bruscos contra la economía, mejor acariciarla con peines de largas horas y cuidarla de ese estruendo horrísono que produce la palabra «contrato». El Don y yo libramos una encarnizada guerra telepática, un genocidio individual, casi. Es un tipo buena gente, eso dice él de él. Me había dado la oportunidad sin yo tener experiencia, a pesar de yo ya ser semicalvo, o cuasisemicalvo (estos asuntos de la calvicie son difíciles de graduar, pregúntele a un calvo).

Luzma me preguntó si yo tenía papel higiénico.

La esclerótica se volvió pupila, su horrorosa y acre espontaneidad me forzó a estirar y diluir el ácido de los monosílabos. «No, pero tengo toallitas húmedas, son mejores, toma», le dije. «Gracias», fue lo único que me respondió, y se fue. Pasaron exactamente quince minutos hasta que volvió, lo sé porque mientras volvía extrañé esas cosas que uno no entiende por qué extraña, ladillas del tiempo púbico, supongo, y que duran más o menos un cuarto de hora, según sea la infestación, claro está.

«Jamás se me había ocurrido lo de las toallitas húmedas», me dijo cuando volvió. Monstruo rústico, pensé. Luego la bestia esa me preguntó, como si nada, que cómo se me había ocurrido. ¿De verdad me estaba preguntando eso? ¿Qué quería que le respondiera? ¿La verdad? Un recuerdo de plomo se disparó desde las tripas craneales, me dejó sin habla y con cólicos en la lengua. La verdad es que me envenenaron, pura ponzoña estomacal: agua directa del grifo en un país lleno de realismo mágico. Tres días con un intestino nauseabundo y exangüe; el papel higiénico se convirtió en una lija a finales del primer día y me convirtió el ano en una encía sangrante. «Desde pequeño me enseñaron a usarlas», le respondí.

Le comenzaba a gustar cero. Perdón, creo.

Ya no me sentía como una estatua, ahora me sentía como un espantapájaros desempleado. He conocido algunos cuantos, son buena vaina, antropoides callados pero bregadores. Luzma se comenzó a sentar conmigo todos los días después de sus clases. A ella le gustaba escucharme. Sus respuestas eran un suspiro y un «¡qué duro, nómada virgen!» (obviamente no les voy a decir mi nombre, no vaya a ser que me conozcan). Aún no entiendo por qué le gustaba escucharme. Supongo que su manso y empático carácter de futura trabajadora social le despertaba una mórbida atracción hacia mí, quizás solo era lástima lo que sentía, poco importa, eran un montón de sentimientos abigarrados que la entumecían y que la hacían fijarse en este perro calvo.

Luzma me escuchaba y pasaba horas dándome monsergas sobre estructuras asesinas que se le meten en el cuerpo a uno, yo me reía recordando a Dientes de Uña; ya en el colegio como que se le habían metido las estructuras, iba por ahí repartiendo clavos e inhalando arcilla, hasta que un día cuatro bolas de demolición le tumbaron los andamios, le exorcizaron la estructura, el cemento quedó todo desparramado sobre el mediodía, pero eso no importó mucho; total, todos reciclamos sus escombros. Sí, sí, Luzma, que si palacios hegemónicos, que si rascacielos tiránicos, que si estructuras y todo lo que tú quieras, pero es zinc criollo el que pone el techo, me hubiera gustado decirle mientras le presentaba a Dientes de Uña, pero los calambres en la virginidad me retorcían la boca en una carcajada.

Mi virginidad se me hacía insoportable.

Qué va, no pude.

La noche llegó. La iba a matar. La iba a enterrar viva.

Me he ido corriendo de su casa.

Virginidad maldita, esta noche sí moriría para siempre. Luzma se convertiría en mi Salvadora: muerte y resurrección.

No sé ni cómo llegué a este cementerio.

Me tomó de la mano apenas llegué a su casa.

Aunque saliera algún fantasma no tendría nada que decirle, ni él a mí.

Nos tomamos varias cervezas. Se me revolvió el estómago, fueron los nervios.

¿Se puede ser un exhuérfano?

Se me sentó muy cerca, nada de palabras que construyeran estructuras asesinas. Me miraba a los labios. Solo pude pensar en que las encías me suelen sangrar.

Manera extraña en la que mi virginidad celebra su vida.

La besé, me costó innumerables ensayos mentales; el sonido de la saliva se convirtió en la voz de mi tía: «Las encías sangrantes causan mal aliento, nómada».

Me arrastró a su cuarto.

El horómetro púbico se paró hace varios días.

Sus piernas quedaron inermes y abiertas ante mí. Sentí el peso de la vida y la muerte entre mis piernas: la vida de mi virginidad y el cadáver de una virilidad que no llegaría a su tercer día.

Me acordé del mensaje que me mandó Dientes de Uña cuando perdió la virginidad: «El pene me convulsionó». Esta vez no me dio risa.

Le dije que iría al baño. Fui al baño, vomité. El baño estaba forrado en espejos, pensé en Borges, igual no lo entendí.

Tumbas, orfandad, virginidad, mudez: las noches de los nómadas vírgenes.

Huí de su casa.

Corro de este cementerio pensando en tumbas porque cargo a mis cadáveres conmigo, me voy mudo porque los muertos a los que velo aquí son desconocidos, escapo doblemente virgen porque mis intimidades pertenecen a tumbas y fantasmas ahora huérfanos.

¿Será la virginidad nuestra nueva lujuria, Dientes de Uña?

Nómada y virgen por Andrés Pérez
Fotografía por Andrés Pérez

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